LA HIJA DE RAPPACCINI DE CATÁN CON EL MOS Y OSUANL

El Monterrey Opera Studio continúa con su acertada serie anual de ópera mexicana, en esta ocasión, junto con la Orquesta Sinfónica de la UANL, tuvimos la oportunidad de ver el montaje de “La hija de Rappaccini” de Daniel Catán. Ya varios han consignado esta puesta en escena por lo que mi crónica será breve. Me tocó ver la función del 24 de febrero, última de este montaje. Quería ver y escuchar la dirección musical de Eduardo Diazmuñoz, titular de la OSUANL y quien estrenó esta ópera en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, un 25 de abril de 1991. Este estreno de “La hija de Rappaccini” fue un parte aguas en la historia de la ópera mexicana, a pesar de que la crítica la hizo pedazos. El texto de Juan Tovar basado en Nathaniel Hawthorne y Octavio Paz es muy efectivo. Catán nos regala una música post-impresionista con amplias explosiones románticas; los guiños a la tradición son hacia Debussy y Richard Strauss, pero Catán logra una dramaturgia musical propia, con pequeñas células conductoras y momentos desgarradores como la marcha fúnebre final.

La escritura orquestal de “La hija de Rappaccini” es complicada; por poner un ejemplo; la exigencia a los cornos de estar tocando en el registro alto, incómodo, nos muestran el oído particular de Catán, así como una escritura para las percusiones siempre notable. Catán es un compositor de nuestro tiempo y es quizás el compositor mexicano que ha formulado una ópera mexicana que reconoce una tradición y no trata de inventar un camino sin salida.

Me pareció que el principal reconocimiento de esta noche se la llevaron Eduardo Diazmuñoz y la OSUANL; enfrentándose con convicción a esta retadora partitura; la calidad de las sonoridades fue notable en diversos momentos en donde la orquesta dominaba el drama; al final nos regalaron una conmovedora y sutil marcha fúnebre mientras las flores se llevan el cuerpo inerte de Beatriz.

De las voces del MOS quiero destacar al tenor Isaac Herrera como Rappaccini y a Rafael Rojas como Baglioni; ambos se han convertido en los cantantes más destacados de esta generación del MOS y con total justicia; voces líricas de gran valor, compromiso escénico, excelente dicción; son voces dúctiles que bien pueden cantar belcanto y ópera contemporánea. A ellos quisiera añadir a Daniela Cortés como Isabela, igualmente caracterizada con gran acierto y poseedora de una voz de mezzo vibrante y gran proyección. La pareja de protagonistas me gustó menos; Carolina Herera, como Beatriz,  tuvo algunos momentos de canto desafinado aunque en un momento nos mostró su valía;un timbre grato con buenos matices, en el dueto de amor con Osvaldo Martínez (Giovanni). Este segundo posee una voz de tenor agradable, lírico pero pocos matices; frecuentemente todo estaba cantado en la misma dinámica. Ambos, escénicamente, cumplieron sin llegar al nivel de los primeros tres mencionados.

En esta ocasión no me ha convencido la producción a diferencia de otras ocasiones; lo más destacado fue la iluminación de Pepe Cristerna que logró cuadros bien conseguidos; “aperfumados” se podría decir, muy de la mano de la música al igual que el maquillaje de Meme García. No me gustó mucho el concepto visual de las flores; quizás algo grotescas. La idea escénica de Rennier Piñero dejó que el punto focal del escenario quedara justo entre los dos escenarios provocando que nos distrajéramos de los momentos fundamentales de la trama: cuando tendríamos que haber enfocado nuestra mirada hacia el cuarto de Giovanni, nos distraíamos con el jardín: mucho más plausible pudo haber sido oscurecer una de las dos escenas para darle relieve a la trama. El movimiento continuo de las flores y esa necesidad de tratar de llenar todo el escenario; como con la  oruga gigante en último plano, por ejemplo, me hacen pensar que en ópera (a diferencia del musical)  economía es ganancia. Mucho mejor el efecto de telón del bosque (algo que ya se había hecho hace unos años en Macbeth de Verdi y que es muy efectivo) así como el vestuario de los personajes.

En general un montaje digno en donde el trabajo de Diazmuñoz y la OSUANL, junto con las voces destacadas, hicieron brillar esta partitura importante que por primera vez se escuchó en Monterrey. Un último detalle: en ópera el último artista que debe de salir a recibir el aplauso es el director de orquesta. Cuando se trata, además, de toda una institución como Eduardo Diazmuñoz, esto es de rigor.

Sería deseable que esta serie de ópera mexicana del MOS nos presentara en un futuro la Ildegonda de Melesio Morales y Atzimba de Ricardo Castro: de las óperas mexicanas importantes del siglo XIX.