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La vida de Cesar Franck podría ser inspiradora, no sólo para los amantes de la música,  su evolución artística tardía es una esperanza para muchos. Franck demuestra que a los 53 años de edad se puede comenzar y trascender.

Niño prodigio, explotado por su padre. Este quería que su hijo triunfara a toda costa como virtuoso del piano. Nacido en Lieja, Bélgica, un 10 de diciembre de 1822, hace 200 años, en 1835 la familia Franck emigra a Paris y en 1837 César entra al Conservatorio. Ahí se destaca como un excelente estudiante de piano, contrapunto y órgano. Sin embargo, en 1842 Franck se retiró voluntariamente de sus estudios. ¿A qué se debió esto? A presiones de su padre: después de recibir una dura crítica a una de sus obras musicales su padre se enfrascó en un pleito con el diario y eventualmente la familia tuvo que regresar a Bélgica. Este regreso fue amargo, Franck tuvo que mantenerse dando clases y tocando en conciertos poco lucrativos. La vida en Bélgica estaba lejos de tener el ambiente desarrollado y cosmopolita de Paris. Pero no todo fue negativo: de estos años datan sus primeras obras importantes: cuatro tríos para piano y cuerdas. La situación con su padre llegó a un quiebre cuando Franck se enamoró de su alumna Félicité Saillot (1824-1918), hija de actores de la “Comedia Francesa”. Finalmente Franck se enfrentó a su familia y en 1847 abandonó para siempre la casa paterna. Franck regresó definitivamente a Paris y en 1848 el y Félicité se casaron en medio de barricadas por la Revolución que provocó la caída de la “Monarquía de Julio” y el establecimiento de la Segunda República. El matrimonio de los Franck fue bueno y Félicité se convirtió en una impulsora (y crítica) de la vida creativa de César.

Para entonces Franck había dejado atrás el piano: este quedó sustituido por el órgano como su gran instrumento: en 1847 fue nombrado organista asistente de Nuestra Señora de Loreto, en 1853 organista titular de San Juan y San Francisco en Marais y finalmente a partir de 1858 y hasta su muerte maestro de capilla y organista principal de Santa Clotilde. En estas iglesias Franck se encontró con los nuevos órganos construidos por Aristide Cavaillé-Coll; estos marcaron una etapa en la construcción e historia del rey de los instrumentos: “¡Es cómo una orquesta!” dijo Franck cuando lo probó por primera vez. En 1866 mientras tocaba el órgano en Santa Clotilde se encontró con una visita inesperada: ahí sentado en el coro se encontraba Franz Liszt que quedó impresionado por lo que escuchó (“¡Ha renacido Bach!”) y lo proclamó uno de los mejores organistas de su tiempo. La música que Franck compuso para el órgano es la más importante de la segunda mitad del siglo XIX: 6 piezas para gran órgano, Gran Pieza Sinfónica, Preludio, fuga y variaciones, Pastoral y los 3 Corales, obra que compuso en sus últimos meses de vida y que significan su testamento musical.

Como compositor, Franck pasó los primeros años de su madurez componiendo obras lejanas a su potencial. Sin embargo, tras la guerra franco-prusiana algo sucedió. A partir de 1875 (¡Tenía 53 años!) Franck compone una serie de obras excepcionales que marcan una época de la música francesa. Por estos tiempos se convierte también en un maestro querido del Conservatorio de Paris; sus clases de órgano eran más bien clases de composición y de estética musical encubiertas. Él formó a la vanguardia musical francesa de fines del siglo XIX: entre ellos estaban Vincent d’Indy, Ernest Chausson, Henri Duparc, Louis Vierne y Augusta Holmes; esta última una de las grandes compositoras de su época. El carácter afable, su amplia fe católica, su indiferencia ante la crítica, le hicieron ser llamado afectuosamente “Papá Franck”.

En 1875 compuso su poema sinfónico “Las Eolidas”(¿Habrá algún director de orquesta mexicano que lo conozca o a su otro poema sinfónico famoso “El cazador maldito” de 1882?) En 1879 compone su poderoso quinteto con piano y cuerdas. Estas obras son representativas de la última madurez de Franck; ese verano indio que se extendería 15 años. Ambas obras están hermanadas en la cercanía de motivos; en la turbulencia del tercer movimiento. El quinteto también está emparentado temáticamente con la poesía de las Variaciones Sinfónicas para piano y orquesta de 6 años después, 1885. Curiosamente la obra equilibradora de estos tres magníficos trabajos es el soberbio quinteto; aquí están las semillas de la primera parte de las variaciones pero también de la armonía nerviosa de las Eolidas. El quinteto apunta a algo oscuro, a algo serio pero también a la delicadeza, a la sensibilidad, a la pasión desbordante. No en vano la Sra. Franck consideraba que estaba pasado de tueste en su febrilidad. La obra fue dedicada a Camille Saint-Saëns quien la estrenó. La gran anécdota nos cuenta que tras la primera audición, la cual dejó a más de uno desconcertado, Saint-Saëns se retiró, dejando la partitura abierta en la última página, tras tocar los últimos compases. Muchos vieron  esto como una afrenta al venerable Franck; para mi es más bien la catarsis provocada por una obra que hablaba sobre emociones prohibidas para su tiempo; simbólicamente Saint-Saëns, perturbado tras la ejecución, deja abierta la partitura al porvenir; algo que ya no le corresponderá.

 Cuatro obras instrumentales que redondean la producción musical de Franck son el Preludio, Coral y Fuga de 1885, magnífico tríptico que traslada la estructura magistral de Bach al poder del romanticismo tardío, la Sonata para violín y piano en la mayor, 1886, una de las joyas del repertorio, impregnada de un clasicismo transparente y un lenguaje armónico de gran riqueza, la Sinfonía en re menor, obra de “música pura” de grandes momentos poéticos y gestos poderosos, finalmente su Cuarteto para cuerdas en re mayor, 1890, obra masiva de complejo contrapunto.

La música vocal sacra fue favorecida por Franck; además de una Misa a tres voces (de donde surge el famoso Panis Angelicus que se escucha en muchas bodas) hay que destacar su oratorio “Las Bienaventuranzas” que comenzó en 1869 y que nos muestra una gran luminosidad y poder de fe. Pocos saben que Franck compuso algunas óperas en su vida, la más importante “Hulda” de 1895, una obra que ha sido recientemente grabada y recuperada como parte de sus bicentenario: una escucha preliminar me permite decir que los magníficos claroscuros de su música, la violencia apasionada característica, están presentes: una especie de Valquiria a la francesa.

En julio de 1890 Franck sufrió un accidente (el carruaje que lo llevaba chocó con un tranvía). A partir de ahí su salud declinó; en octubre contrajo una infección respiratoria de la que ya no pudo recuperarse. Murió el 8 de noviembre en Paris.

El lugar de Franck en la historia de la música es incuestionable: fue fundamental para el desarrollo de una rama de la escuela francesa que recibió la influencia de Wagner pero pasada por la elegancia y riqueza armónica francesa; esta se ramificó a otras partes del mundo, incluyendo México: hay que recordar que Manuel M. Ponce estudió con Paul Dukas quien fue cercano al círculo de estudiantes de César Franck

¿Qué tan olvidado está hoy en día Franck? Sus mejores obras siempre serán parte del repertorio, pero en México se hizo poco este año por su música: lo cual no habla bien de quienes programan orquestas y conciertos. Afortunadamente están los discos y Spotify.