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Liudmyla Monastryska, soprano, ondeando su bandera ucraniana al final de la función.

Las casas de ópera más grandes que la realidad, como es el caso del Metropolitan Opera House de Nueva York, son muy afectas hoy al mensaje políticamente correcto (después de hacer ojo de hormiga por décadas a cualquier escándalo interno): en su momento finalmente quitaron a James Levine cuando ya tenía en contra una loza de demandas por acoso sexual y lo mismo pasó con Plácido Domingo. Ahora que han cancelado a Anna Netrebko para protagonizar en su temporada 2021 -2022 a la princesa de hielo de Puccini,  debido a lo que ellos consideraron como una demarcación muy tibia de Putin y su guerra demencial, han decidido traerse a ¡Una soprano Ucraniana! Liudmyla Monastryska quien ondeó con mucho orgullo la bandera de su país al recibir sus aplausos (muy calurosos) al final de la función.

La sustitución de Netrebko ha provocado sentimientos encontrados entre sus fans. Desde un punto de vista vocal agradezco la sustitución (y me atrinchero para evitar la ira del respetable). Permítanme explicarme; es indiscutible la superioridad artística de Netrebko frente a Monastryska, calidad de voz, musicalidad, etc. Pero Netrebko nunca fue ni será Turandot y a las pruebas me remito; busquen a Eva Turner, Birgit Nilsson, incluso Eva Marton en Spotify: pongan el nombre de esas divas y añádanle Turandot. Ahí platicamos. Desde el punto de vista moral no me convence la sustitución pues en su momento Netrebko publició que lamentaba la guerra (me pregunto si Peter Gelb está esperando a que Netrebko haga el Camino de Santiago de rodillas).

Turandot, vive y o muere gracias a sus tres protagonistas: Turandot, Calaf, y en menor medida Liu. Aunque esta última tiene música maravillosa, si falla nos podemos consolar con una gran pareja de protagonistas. En esta ocasión el MET presentó la sempiterna producción de Franco Zeffirelli, que data de 1987 y que es una joya de la corona por la amplitud del escenario, los vestuarios vistosos y un movimiento escénico que haría envidiar al tan promovido espectáculo chino Shen Yun.

En mi opinión la máxima estrella de la noche fue Ermonela Jaho, soprano albanesa como Liu, quien estuvo sublime; poseedora de una bella voz lírica, musicalidad, una presencia escénica de gran belleza y capaz de expresar emociones; si ya nos había conquistado con “Signore escolta”, nos hizo conmovernos con su aria final, antes de su desgraciado suicidio. Cómo acarició las frases y nos regaló una voz media de verdad.

Del resto tendría que mencionar por honor, carrera, y una voz que demuestra muy poco el paso de los años, al gran bajo Ferruccio Furlanetto. Hizo un Timur conmovedor, frágil, que hizo mucho de las frases y música que tiene para cantar. Además nos regalo algo de sabiduría en su entrevista (jóvenes cantantes tomen nota). Cuando Nadine Sierra, la host de hoy, le preguntó que donde estaba el secreto de su longevidad vocal (está a unos días de cumplir 73) este contestó que la elección del repertorio era fundamental (ósea no cantar todo lo que le ofrezcan a uno o lo que desea, sino lo que permite la voz) también le atribuyó esta carrera larga a que ha cantado mucho Mozart, el cual es fundamental al canto (Y quien tendría que ser parte obligada de cualquier entrenamiento vocal).

La pareja de protagonistas abonó mucho menos en actuación y en calidad vocal que los anteriores: El coreano Younghoon Lee le gustó a varios de los presentes pero a mi siempre me ha dejado indiferente; en un par de momentos galló, nada grave, y desplegó un sonido estentóreo que sin embargo carece de agudos vibrantes. Es un actor génerico y supongo que en la actualidad es de los mejores cantantes que hay para cantar Turandot. Es una persona agradable (como lo demostró en su entrevista) y firmó una “Nessun dorma” decente con algunos sonidos plenos, pero apresurada y me falta fraseo y dicción italiana. En pocas palabras falta calidez.

Monastryska mostró una voz pareja en todos sus registros sin que en ningún momento me haya sentido aplastado por la voz; es una soprano spinto que cubre bien sus sonidos, no tiene problemas con la música, pero tampoco nos hace vibrar de emoción, su timbre no es nada especial. Sí logró hacer una mujer de hielo al inicio (¡Más bien de mármol!) y en el dueto final se le vio un poco más apasionada, logrando hacer convincente la transformación de despiadada a criatura del amor (si no se puede más es culpa de la muerte de Puccini que no pudo dejar una versión definitiva de este dueto). Curiosamente este dueto final, muy episódico musicalmente salió muy convincente (¡Por una vez puntos para Alfano, quien completo la obra!).

El trio de las máscaras, cuya música a mí me parece de primera, por la sutileza, orquestación, sabor chino, etc. fue interpretado por Alexey Lavrov, Tony Stevenson y Eric Ferring un poco mecánicamente, mejorando al paso de la función. No me hicieron sentir la diversidad de expresión de estos personajes; desde lo bizarro a lo conmovedor.

El Coro y la Orquesta del MET, probablemente los mejores ensambles del mundo para ópera, estuvieron formidables. La batuta de Marco Armiliato, un director usual en las temporadas del MET, fue de gran sabiduría italiana; es uno de los pocos directores que nos hacen pensar en la vieja escuela: siempre atento al acompañamiento de las voces, soltando todo en los momentos cúmbres, pero permitiendo siempre el sonido de las voces. El fraseo excepcional de las cuerdas; los sonidos redondos de metales, el detalle de la percusión, todo estuvo en su lugar.

Del resto Jeongcheol Cha como el Mandarín, y Carlo Bosi como el emperador, honraron sus papeles vocal y dramáticamente.

Como siempre en Puccini; no sé qué magia le ponía a su música, pero uno termina llorando en uno o dos momentos. La emoción a flor de piel evidencia que fue una Turandot digna de lo que se espera hoy en día en esta casa de ópera.