El 18 de octubre del presente tuvimos uno de los grandes regalos que los melómanos hemos recibido en mucho tiempo; la presentación del legendario Paul Badura-Skoda (1927-) dentro del Festival de Piano Sala Beethoven, trabajo ejemplar de nuestro incansable amigo Jorge Gallegos.

Si comparamos el arte del maestro vienés, en contraste con el pianista armenio Karen Hakobyan que interpretó hace unos días el primer concierto para piano de Tchaikovsky con la OSUANL , notaremos la diferencia de trabajar repertorio toda una vida. Además de que en el caso de Badura-Skoda estamos hablando de un talento de primera línea. Por más que el crítico “regular” de la ciudad haya alabado al armenio no puedo dejar de pensar que esto se debe más a factores extra musicales. Quizá después de ayer pueda revisar sus opiniones.

La claridad de la digitación, la vehemencia de ciertos pasajes, el impecable estilo para interpretar a Bach y Mozart, el virtuosismo remanente de una gran carrera. Todos estos elementos construyeron un tapiz musical que me llevó casi hasta las lágrimas. La mejor música tiene ese raro poder de infundir la felicidad etérea, alejada de lo prosaico. Es cierto que todo gran arte como una pintura o una fotografía pueden conjurar esta magia pero la música afecta ciertos elementos físico-psicológicos que lo dejan a uno pleno de Dios.

El quehacer de Badura-Skoda mostró sabiduría desde la Partita #1 BWV 825 de Bach. Hay que destacar el equilibrio de las voces, la solución completa de los problemas técnicos, el pulso firme y la digitación tersa. Fueron irresistibles la elegancia de los minuetos y la gravedad concentrada de la Sarabande. Un Bach perfecto en donde no encontramos trazo alguno de abuso romántico, lo cual nos recuerda que Badura-Skoda ha interpretado también instrumentos históricos.

Mozart, otro de los compositores favoritos del vienés, fue representado por una potente Fantasía K 397 y una formidable Sonata en la menor K 310, una de las obras con dejos de borrasca que compuso el genio de Salzburgo. Badura-Skoda optó por una lectura expansiva, concentrada con un movimiento Andante cantabile que se convirtió en el corazón de la obra; gallardo, respetando el encanto del refinamiento mozartiano. Alguna desigualdad en las escalas de los movimientos externos fue un pecado insignificante. Badura-Skoda ha ido y venido, es un maestro que puede hacer lo que le plazca.

La primera parte concluyó con un par de Impromptus de Schubert. La lectura fue otro de los grandes momentos de la noche. Solamente los grandes pianistas han podido aliar la candidez de Schubert con corrientes oscuras de la música como es el caso del célebre Op. 90 No2. De nueva cuenta quedamos atrapados por lo impecable de la digitación, la liquidez de los pasajes más rápidos, el carácter de ciertas frases.

Si aquí hubiera concluido el concierto nos hubiéramos llevado una noche memorable. La segunda parte, íntegramente dedicada a Chopin, cerró arrebatadoramente. Chopin se interpreta tanto por manos poco experimentadas, artistas que vienen y van, que a veces uno desea poner a descansar esta música. Cuan equivocado estaba. Chopin debería ser terreno exclusivo de grandes pianistas; la selección de valses mostró una ligereza deseable en esta música que a veces se toma demasiado en serio. Pero las mazurcas Op.30 y los dos nocturnos Op.27 fueron una revelación que volvió a conmover. El cuidado de los ritmos, la nostalgia del discurso, la belleza de la armonía. Una vez más luminosidad y pasión. ¿Cuántas veces la barcarola op.60 ha ido y venido? Aquí el ritmo nos transportó a los claroscuros de la noche veneciana. Música de primer nivel y quehacer emotivo. Había olvidado la posibilidad de amar la música de Chopin. El scherzo No.2 Op. 31 concluyó la noche con un despliegue de bravura en la parte central y en la coda, por si quedaba alguna duda que el veterano maestro tuviera todavía la fortaleza para salir avante en tan complicados pasajes. Poder de mano derecha, acordes impecables, ductilidad de la izquierda. La ovación final de pie fue merecida. Tantas proezas técnicas en varios de los artistas de hoy, olvidándose que la música es también comunicación, mensaje. No podremos olvidar fácilmente las lecciones de Badura-Skoda. Parafraseando la opinión de mi amigo Gabriel Rangel el maestro dio cátedra de intención en la música.

EPILOGO

Tras el recital fui a ver a Paul Badura-Skoda y esperé pacientemente mientras que varios melómanos (muchos de ellos músicos) lo saludaban y se tomaban fotos con él. Amable, encantador, vital, se dejó querer. Le agradecí por su arte. Me comentó que estaba emocionado y sorprendido por la recepción calurosa del público. ¿No será que en Monterrey queremos encontrar razones para despertar con optimismo y recuperar la certeza de que la vida también tiene sus bellezas?