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Ruggero Leoncavallo: I Pagliacci

30 de Noviembre de 2021 , Sala Plácido Domingo, Guadalajara

Canio – César Delgado

Nedda – Agnieszka Slawinszka

Tonio – José Manuel Caro

Silvio – Carlos López

Beppe – Jorge Jiménez

Coro Municipal de Zapopan

Orquesta Solistas de América

Dirección Escénica: Fausto Ramírez

Dirección Concertradora: Enrique Patrón de Rueda

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El Conjunto Santander de Artes Escénicas presentó en la Sala Plácido Domingo de la Universidad de Guadalajara una nueva producción de I Pagliacci de Ruggero Leoncavallo, ópera excepcional que siempre ha formado parte del repertorio.

La sola presencia de Enrique Patrón de Rueda al frente de la Orquesta Solistas de América, creada para la ocasión, era garantía de trabajo comprometido desde el foso. Señalo este primer aspecto porque al final fue el más relevante; Patrón de Rueda logró una lectura plena de detalles, pulso firme, poco indulgente en rubato (ya iré específicamente a un punto sobre esto) de gran conciencia estructural. Fue relevante escuchar el trabajo de los contrabajos y el clarinete bajo, tan fundamental en esta ópera. Las cuerdas en general, así como los metales, lograron buenos momentos orquestales y únicamente las maderas quedaron un poco a deber, el sonido del oboe principal un poco burdo.

Esta producción cargó con un desaguisado inicial; el tenor Rafael Rojas había sido anunciado pero un problema de salud (que incluyó un desvanecimiento en los ensayos) lo sacó de la producción. En su lugar entró el jóven tenor de Guadalajara César Delgado; mis respetos por asumir esa encomienda con tan poca antelación. Considerando lo anterior su Canio fue pulcro, comprometido escénicamente sobretodo en el segundo acto pero por la misma naturaleza muy juvenil y tentativo con la música. Su instrumento no es para un Canio; es una voz bella, lírica, más cercana al primo cómico de esta ópera, Nemorino en el Elixir de amor. Su Vesti la giubba fue casi metronómica, poco expansiva, frases cortas: estos elementos se ganarán con la experiencia de toda una trayectoria escénica. En “No, Pagliaccio non son” afrontó bien los escollos sin elevar en ningún momento la emoción más allá de la corrección. Patrón de Rueda lo apoyó perfectamente en todo momento y cuidó de que la orquesta no sobrepasara el volumen de su Canio.  Le aplaudo a Delgado su valentía pero por lo pronto yo diría no más Canios concluyendo este compromiso.

Agnieszka Slawinszka como Nedda hizo una buena juvenil con Canio; su presencia escénica es encantadora pero igualmente trascendió en su trabajo escénico hasta el segundo acto. La voz es lírica igualmente pero carece de agudos con “squillo” y en ocasiones las consonantes del texto desaparecían a veces en sonidos engolados. En los gorgojeos previos a su aria hubo alguna desafinación. Sin embargo, en el dueto con Silvio, con un Carlos López cumplidor de voz rocosa, oscura pero un poco de inestabilidad en su registro agudo, logró buenos momentos de canto que exhibieron un registro medio agradable. En el segundo acto firmó una Nedda comprometida, cómica hasta que la tragedia la envolvió; aquí pudimos advertir sonidos dramáticos, interesantes.

José Manuel Caro se llevó la función, evidencia una preparación escénica que realizó hace unos años en Monterrey,  aliado a una voz de barítono dúctil y pareja. Fue el que logró empatar vocal y escénicamente al personaje de forma equilibrada. La construcción de su Tonio fue excepcional y le prestó también su voz atractiva, lírica que corre muy bien y que seguirá siendo un valor a seguir en escena.

El Beppe de Jorge Jiménez apunta también ya a otros repertorios más allá del ligero. Su pequeña canción fue cantada a plena y firme voz y nos quedamos con ganas de escucharlo más.

El coro municipal de Zapopan, si bien no un ensamble del mayor refinamiento, cantó con gran sonoridad y esto en ópera se agradece. Muy vibrante en el coro de las campanas y excepcional escénicamente en sus intervenciones del segundo acto.

La firma dramática de Fausto Ramírez quedó a medio camino de lograr algo relevante; económico desde el punto de vista escénico. La producción, ambientada en un pueblo costeño de plaza deteriorada puede parecer plausible pero gratuito. Bajo esa perspectiva la animación de arte circense fue excesiva (¿Cómo se justifica el colgar danza aerea en una modesta plaza al aire libre?). La iluminación en el dueto de amor de Nedda y Silvio fue el punto bajo; carente de poesía, manejo poco sutil de las luces. En contraste, el segundo acto fue el mejor conseguido y aquí sí subrayo la comedia de arte creada entre los personajes del teatrino. Por primera vez logramos experimenta alguna emoción por el trabajo colectivo, incluyendo al coro, aunque sospecho que el principal responsable es Leoncavallo y la labor concertadora. 

Un Pagliacci de era covid que, al contemplar la sala llena (dentro de sus capacidades establecidas) nos muestra que lo esencial es regresar a los teatros, a vivir la ópera, sin ser tan quisquillosos.