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Regresó la Cenerentola de Rossini al Liceu de Barcelona después de más de 15 años de ausencia (¡cómo puede ser si es una obra maestra deliciosa!). El reparto estuvo encabezado por dos estrellas; el gran tenor lírico-ligero de nuestro tiempo que es Juan Diego Flórez y una de las mezzos líricas más encantadoras de los últimos años; Joyce DiDonato.

Fue para mí como visitar a un viejo amigo pues tuve el privilegio de presenciar la producción de Joan Font con los escenarios y vestuarios de Joan Guillén en su estreno en Houston a comienzos de 2007. En ese entonces me pareció una propuesta genial, fresca, bufa, un gran homenaje a la comedia del arte italiana, tan fundamental del concepto de ópera bufa rossiniana. La fluidez de la escenografía, que cambiaba sin problemas de la mansión de Don Magnifico Barón de Montefiascone al palacio del príncipe, la iluminación que transformaba la escenografía esencialmente minimalista y el recurso de pantomima con las omnipresentes ratas fueron uno de varios elementos que hicieron de aquella ocasión una delicia de disfrutar . Ahora en Barcelona este reencuentro me ha vuelto a divertir y a encantar. He redescubierto nuevos detalles de una producción que mantiene su vigencia y que se puede considerar un clásico rossiniano del siglo XXI.

Musicalmente el balance entre Houston y Barcelona fue similar, inclinándose el resultado ligeramente hacia Barcelona. En Houston disfruté de la fresca y perfecta Angelina (Cenerentola) de Joyce Di Donato, la grata sorpresa que fue el Ramiro de Lawrence Brownlee quien tiene una brillante carrera por delante y el actus comicus que fue el Dandini de Earle Patriarco. El resto me pareció comprometido pero inmaduro (salvo las dos hermanastras). Grandes aciertos fueron la presencia de Edoardo Muller en el foso, dirigiendo una versión ligera, rossiniana y elegante. El coro de hombres no sólo fue hilarante sino homogéneo en lo musical.

En Barcelona, encabezando el reparto, pudimos escuchar a una soberbia Joyce DiDonato que tiene la medida completa del papel de Cenerentola. Su presencia escénica es encantadora, quizá captando el lado melancólico y soñador del personaje. Su voz es brillante, timbre cálido y técnica ejemplar. El patetismo de su pequeña canción conmovió y su transformación en la princesa magnánima plausible. Su rondó final fue espectacular en su despliegue de fiorituras y escalas técnicamente perfectas y de buen gusto.

Don Ramiro merece un párrafo aparte, estamos hablando de Juan Diego Flórez. Difícil hablar de una estrella de la que se han dicho muchas cosas y donde mi opinión se incorporaría a la legión de calificativos trillados en torno a su arte. Basta decir que Juan Diego es Juan Diego, no se le puede confundir con nadie, su presencia escénica es más que principesca, su voz es un destello de pureza, la técnica impecable y hace lo que quiere con la fioritura de su personaje. Sus agudos son brillantes, firmes y afilados. Tras su aria-tour de force, recibió una ovación que prácticamente hizo que se cayera el Liceu (que hasta entonces había estado un poco adormilado).

El asturiano David Menéndez fue un Dandini vocalmente ejemplar y escénicamente personal. Es un barítono lírico con buen futuro y debemos estar agradecidos por ello. Su manejo de una buena fioritura, la presencia de un trino genuino y el compromiso con el personaje fueron notorios. Quizá su Dandini no fue el tour de force de comicidad que fue Earle Patriarco en Houston pero elaboró un personaje entrañable (que debe ser de rigor en cualquier Dandini) y lo prestó de una solidez y limpieza vocal que estuvieron a la par de su distinguido colega (y en algunos momentos lo superaron).

El Magnifico de Bruno de Simone estuvo dentro de la gran tradición de bajos bufos italianos superando fácilmente al sobreactuado y excesivamente juvenil Magnifico de Patrick Carfizzi en Houston. Su personaje, esencialmente ufano y ridículo poseyó un dejo de simpatía y espontaneidad que hicieron creíble su conversión final. Me parece que es el bufo con voz más clara que he escuchado. A veces parecía más barítono ligero que un bufo completo en la línea de un Bruscantini, Capecchi, Dara, Trimarchi o Corbelli, por mencionar a algunos de los más distinguidos de los últimos 40 años. Por supuesto que su técnica le permite cantar el parloteo de su personaje ejemplarmente pero la falta de fuelle vocal hizo que dicho parloteo se perdiera en la masa orquestal, y estamos hablando de una orquestación esencialmente clásica.

El bajo Simon Orfila encarnó al mago (en esta versión) Alidoro. Recibió una buena ovación de parte del público lo cual me sorprendió, esto habla de la escasez de bajos ibéricos y del conformismo al que puede llegar el público barcelonés. De entrada me parece más un bajo barítono que un bajo cantante, que es lo que requiere el rol de Alidoro. Su voz se escuchó tremola en un principio y su caracterización demasiado juvenil. Mejoró para el final del primer acto pero no me ha dejado nada excepcional. Generalmente anónimo al igual que el bajo que cantó el Alidoro en Houston (cuyo nombre no puedo acordarme).

Las dos hermanastras estuvieron geniales; Itxaro Mentxaka y la bella Cristina Obregón hicieron de este dúo una divertida creación cómica, dignas hijas de De Simone-Magnifico. Vocalmente gritaron donde tenían que hacerlo y cantaron en donde se esperaba eso de ellas.

Finalmente llegamos a la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceu. Me parece un buen ensamble orquestal operístico, ligeramente inferior al de Houston Grand Opera. Se puede distinguir una lustrosa sección de cuerdas con algunos distinguidos solistas en las maderas. Los cornos no siempre precisos (parece un mal generalizado en la península ibérica). El coro del Gran Teatro del Liceu me pareció inferior que el de Houston no sólo en lo vocal sino en su compromiso escénico, estos tenían más el aire de caballeros nobles ibéricos que de cortesanos. No carecieron de movimiento y de encanto pero quizá lo esencialmente deslucido de su prestación vocal (como el aguado coro inicial) hizo que perdiera el interés en lo que hacían.

Desafortunadamente la dirección de Patrick Summers fue una especie de prieto(o piedra) en el arroz. Conozco bien la trayectoria de Summers por mis incursiones a la Ópera de Houston donde he escuchado lecturas ejemplares del Don Carlos de Verdi y de Florencia en el Amazonas de Catán. Son conocidas sus credenciales en Verdi pero Rossini es Rossini. Summers vulgarizó a Rossini, convirtiéndolo a momentos en un Donizetti sin gracia. Conozco bien la edición moderna de la Cenerentola de Rossini(ha sido grabada por varios maestros) y en ningún momento aparecen los platillos (quedan como opcionales, si acaso). El resultado es no solo la vulgarización de Rossini, que sabía cuando usar platillos. Sino la consiguiente pérdida de la espontaneidad y efervescencia de la música. El crescendo en la obertura marcado por platillos, los finales marcados por platillos, el rondo final marcado por platillos consiguieron que la música de Rossini adquiriera una rigidez geométrica que no merece su autor. Es una lástima pues aparentemente Summers si sabe que las texturas de Rossini son claras y sus tiempos fluidos. Esto se perdió con su “Verdización” de la música.

Una noche para la historia vocal que careció de un compromiso más profundo con Rossini en algunos de sus actores.