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La Rusalka de la Ópera del INBA (Dejemos ya esa idea de que se trata de una ópera nacional), representa estrictamente el primer montaje de Alonso Escalante en su regreso a la dirección de este proyecto. Si juzgamos por la entusiasta respuesta del público, la nueva etapa de Escalante ha llegado con el pie derecho.

Quisiera detenerme un momento en la selección del título, o al menos en lo que representa pues ignoro si se trata de una decisión de Alonso o algo contemplado desde el régimen de Lourdes Ambriz. Al menos simbólicamente es una apuesta a grandes títulos del repertorio que han sido marginalizados en México debido a la apuesta continua por lugares comunes de la ópera.

Evidentemente el reto es grande, pues hacer una Rusalka de resultados mediocres no habrían disipado las críticas sobre algunos resultados artísticos anteriores. Para sortear cualquier problemática de montaje Escalante se ha valido de un equipo que en León Guanajuato le reportó grandes éxitos; la dupla Enrique Singer – Jorge Ballina. Los escenarios, simples, cercanos al colorido de los cuentos infantiles lograron bellos cuadros como el de la luna llena, rotunda, casi simulando una factura de queso y que aparecía en el escenario cada vez que Rusalka se encontraba en su elemento natural. Esta luna hacía su desplazamiento en un horizonte oval nocturno, de bello azul. Sin embargo, la propuesta de los actos externos fue para mi mucho más lograda que la del acto central. A favor de este puedo decir que Singer y su equipo lograron contrastar efectivamente el medio sobrenatural con el humano; mucho más prosaico.

Otro elemento interesante del concepto ha sido el agua: presente en la música de Dvorak con esa diáfana escritura para el arpa, instrumento que forma parte de la caracterización musical de Rusalka. Visualmente fue bien conseguido por una red ondulante circular que subía y bajaba, dándonos diversas perspectivas del agua, así como un piso en desniveles. La red podía cubrir todo el escenario, como al principio en la escena de las ninfas o abajo como prácticamente en todo el segundo acto.

Como ocurre en una primera función (y como lo hemos padecido quienes hemos dirigido proyectos operísticos)  hubieron un par de momentos cómicos involuntarios; en el primer acto, tras el aria de la luna de Rusalka, el satélite se convulsionó producto de un movimiento rápido y un detenimiento abrupto (¿Será este un comentario respecto a las elecciones que vienen?). En otro momento, durante la aparición de Jezibaba en el tercer acto, Belem Rodríguez quedó atorada en la red ondulante del “agua” por las complejas protuberancias de su vestuario, teniendo que cantar desde atrás, estáticamente, hasta que a través de ciertas señas y movimientos Carlos Carrillo, estupendo bailarín como la anguila (más bien para mí un íncubo) logró a través de una coreografía improvisada, liberar a su ama. Afortunadamente Belem pudo haber cantado en cualquier posición y con esa voz amplia, poderosa, se pudo haber escuchado de igual manera.

El segundo acto me pareció escueto en su presentación del palacio del príncipe; un pasillo con niveles y una hilera de candiles que podían subir y bajar, dispuestos al centro del mismo. También había barandales de madera enmarcando este escenario. Tal vez si se hubieran tenido otros vestuarios habría sido más efectivo. Francamente no me gustaron; ni Rusalka, ni la princesa extranjera, ni el príncipe lucieron. Los vestidos de las dos mujeres no les favorecían la figura y distaban de ser elegantes. Eran como harapos elegantes. El traje gris del príncipe pudo haber sido rentado en cualquier tienda de novias del pueblo de tu elección.
 
La dirección escénica de Singer me pareció efectiva en hilar la historia y en plantearnos a Rusalka como una “outsider”, un ser alejado de la sociedad, sus convenciones, su hipocresía. A pesar de que coincido con el desarrollo del personaje principal, hay ciertos aspectos que no me convencieron, quizás por faltarles pulimiento y desarrollo con el paso de las funciones. La escena de las ninfas y el vodnik (un guiño a escena similar del “Oro del Rhin” ) me pareció torpe; completamente alejada de un jugueteo sexual. Si bien Lucía Salas, Edurne Goyarsu y Nieves Navarro cantaron pulcramente, incluso con una vena verdaderamente emotiva en el tercer acto, sus trazos resultaron más aptos para una escena de cabaret que para creaturas virginales; sus movimientos carecían de gracilidad y encanto.

De la misma forma, en el segundo acto, el príncipe se abalanza inmediatamente sobre la princesa extranjera, hecho que debería de llevarse a cabo con mayor sutileza, in crescendo. Y qué decir de la polonesa del segundo acto. No entiendo por qué para muchos directores de hoy el juego de seducción tiene que ser burdamente sexual; música tan elegante como este número se echa a perder con la terrible coreografía de Franco Cadelago, carente de plasticidad, horrenda en su vulgaridad e inconsciente de la grandeza y elegancia de esta magnífica página y en donde, paradójicamente la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, tuvo un gris momento carente de chispa, con trompetas sordas y un tiempo poco brillante bajo la batuta de Srba Dinic. En contraste los dos actos externos me parecieron muy bien logrados; gracias al momento de reposo que nos da la presencia de Antonio Duque, estupendo guardabosques y Carla Madrid como el joven cocinero, bien caracterizados y vocalmente adecuados. También los encuentros de Rusalka con Jezibaba y la presencia del íncubo lograron momentos dramáticos efectivos. Daniela Tabernig como Rusalka logró desplegar todas las facetas de este estupendo personaje; sus deseos, sus inseguridades, su alienación del mundo humano.

Taberning encarnó una Rusalka vulnerable, su voz posee un vibrato rápido y un sonido de cierta morbideza lo que nos recuerda un poco a sopranos de antaño.  Para los que hemos visto al menos a Rene Fleming por HD en este papel encontramos que Tabernig carecer del timbre perfecto y radiante de la estadounidense. Sus notas altas no poseen la soltura de otras colegas, el si agudo de la canción de la luna se notó apretado, por ejemplo. A pesar de lo anterior, Taberning creció en el personaje, tanto en pantomima cuando no puede hablar en el mundo de los humanos como en el encuentro con su padre y para el acto III había crecido a alturas de gran emotividad; proyectando su voz en lo que hoy es una acústica ligeramente difícil (cálida pero cruel con voces más pequeñas) y en la suma total de su trabajo, dándonos una Rusalka más que digna.

Khachatur Badalian fue un príncipe un poco más variable. El tenor ruso posee un timbre bello y el color ideal para el personaje, sin embargo en su aria del primer acto no logró proyectar con efectividad su voz, a momentos carecía del volumen y presencia que debe de tener este papel lírico spinto. En el segundo acto fue más convincente y en su dueto final logró un buen momento de canto emotivo, sólido, al lado de Taberning.

Kristinn Sigmundsson hizo un Vodnik de grandes ligas. El bajo islandés a sus 67 años mantiene un timbre bello, cálido, sonoro, incluso dúctil en su rango más alto como en su monólogo del acto II. Su presencia es granítica, es un hombre gigante, pero aún así en la relación con su hija logró esos destellos paternales. Fue un placer reencontrarme con la voz de este estupendo artista, 13 años después de haberlo escuchado en Sarastro.

Belem Rodríguez, cuando está en su repertorio, no le pide nada a nadie. Inteligencia, trabajo, versatilidad son características que nos obsequia esta estupenda mezzo, orgullosamente mexicana. Ya sea en ruso, francés, italiano o checo, Belem logra adentrarse en sus personajes; su bruja Jezibaba fue imperiosa, de grandes gestos. El vestuario fantástico, el color vocal oscuro, el cañón en la voz, la hacen una artista que debería de ser más convocada. Su aria de encantamiento, su risa sardónica, la fuerza de su canto, le granjearon un gran reconocimiento al final.

Celia Gómez me convenció menos en el papel de la princesa extranjera, un rol que es como un tour de force en el acto II y el cual requiere de una spinto, frente a la Rusalka lírica. Aquí el timbre de Gómez pierde en algunos puntos la firmeza que me habría gustado escuchar, por ejemplo cuando sube o requiere generar mayor volumen vocal, a momentos tenía que trabajar para hacerse oír entre la orquesta. En sus momentos finales si alcanzó a generar un canto dramático, más redondo. La caracterización apuntó hacia la seducción pero no ayudó en nada su vestuario, vaporoso, poco estilizado, de escote burdo.
 
El Coro y la Orquesta de Bellas Artes se fajaron en esta poderosa, atmosférica y colorida partitura de Antonin Dvorak, una verdadera obra maestra operística. El trabajo que Srba Dinic ha realizado con el ensamble ha dado como resultado un cuerpo de cuerdas bien lustrado, alientos finos, cornos bastante limpios, percusiones que verdaderamente soportan, como debe de ser, la fuerza de la escritura. Me habría gustado un sonido de trompetas más brillante. Los tiempos fueron sensibles (salvo mi reproche a la polonesa), incluso emocionantes como en los finales de los dos primeros actos, adquiriendo gran emotividad en la conclusión, permitiendo la expansividad de los temas más lánguidos. El coro igualmente desplegó un buen sonido desde los palcos, en el acto II.

Esta reflexión personal (ya que no la considero una crítica) la hago como un amante de la ópera, no desde mi puesto como presidente de un organismo cultural o director artístico de un proyecto operístico. Quiero subrayar que considero esta producción de Rusalka como un gran comienzo de esta nueva etapa de Alonso Escalante; el público lo sintió así y los resultados logrados, con las excepciones apuntadas, hacen prometedora al resto de la temporada. Por lo pronto se hizo Rusalka, se hizo bien.